IMPRESIONES DE UN BUKINABÉ SOBRE SU TIERRA
Albudi Dikro

Sansana es un pequeño pueblo de la etnia lobi lleno de
cultura, tradición y misterio. Los lobi tienen un pasado guerrero, la mayoría de
ellos son animistas; una piedra, el tronco de un árbol con forma humana, un
montón de tierra y las cosas más extrañas son fetiches que les ayudan a
comunicase con su dios. Viven en pequeñas tribus, los hombres son buenos
cazadores y artesanos y trabajan en el campo. Las mujeres se dedican a cuidar de
su marido y de sus hijos, andan de un pueblo a otro cargando sobre la cabeza el
agua que han sacado de un pozo más o menos lejano, o cereales a la búsqueda de
un molino para transformar sus granos de maíz o trigo en harina. Luego vuelven
a casa, hacen la comida a sus hijos, llevan la comida a su marido y ambos
terminan el día trabajando en el campo. Pero a la mujer le queda todavía mucho trabajo:
cargar kilos de leña, troncos de árboles secos o cualquier madera que usarán
para preparar la cena y calentar la casa en invierno. Las niñas ayudan a su
madre a realizar trabajos domésticos y cuidan de sus hermanos pequeños, por lo
que tienen menos posibilidades de ir al colegio. Las pocas que lo consiguen no
suelen seguir después de los 16 o 17 años.
En estas edades, muchas de las chicas son víctimas de
matrimonios forzados entre una tribu y otra, o los padres las ofrecen a algún
amigo suyo como su segunda mujer o como la
mujer de uno de sus hijos. Tienen que soportar a su marido y a las demás
esposas y viven en un clima difícil y a veces violento. Las viudas tienen que
casarse con un hermano del marido para poder quedarse con sus hijos porque si
no, tienen que dejarlos con la familia del marido.
Algunas se escapan a las grandes ciudades a la búsqueda
de su sueño, que es encontrar una buena familia que las adopten como criadas
internas. A algunas, sus padres las mandan a vivir a la ciudad con la familia
de algún conocido o familiar del pueblo o con alguien que no conocen. Muchas de
estas chicas realizan trabajos domésticos muy duros todos los días del año, incluyendo
sábados y domingos. Sufren también abusos sexuales por parte de los hombres de
estas mismas familias sin que su mujer lo sepa y luego las amenazan y les hacen
guardar silencio si quieren seguir viviendo en la casa. Cuando se quedan
embarazadas, el hombre lo niega todo y las echa de casa. La chica se encuentra
en la calle con un bebé sin padre ni dónde vivir porque el hombre jamás reconoce
su acto criminal. Lo último que harían estas chicas sería volver con su familia
del pueblo porque no se atreven a contar lo que les ha pasado, muchas terminan
en la prostitución para poder sobrevivir con su bebé.
La educación
de los chicos depende mucho de su
lugar de nacimiento, en la ciudad tienen más posibilidades de estudiar que en el
pueblo y más si la familia es católica que si es musulmana porque en ese caso,
lo más frecuente es que acudan a una escuela coránica donde solo aprenden el Corán.
Algunos llegan a terminar sus estudios y trabajan como funcionarios en la
ciudad y otros los tienen que abandonar porque su familia no puede pagárselos,
o no hay quien les ayude y se buscan la vida trabajando con sus padres en el
campo o en sus negocios. Otros van a trabajar a las minas de oro o a las ciudades
de Burkina o a otros países lejos de su familia.

Muchos niños tienen que dejar sus estudios porque no
pueden pagarlos, el 80% de la población de Burkina Faso son analfabetos.
Algunos, cuando son un poco mayores, se van a los campamentos de los buscadores
de oro en muy malas condiciones, trabajando todo el día y casi sin cobrar,
arriesgando su vida dentro de la mina y, solos, sin familia, sufren todo tipo
de abusos.
Los niños y los
jóvenes son muy aptos por su pequeño tamaño para entrar en la mina. Cuando se
llega a las rocas con trazas de oro, se ponen explosivos para romperlas y a
veces se producen derrumbamientos, se ciega la entrada y quedan personas
dentro. Antes de poner los explosivos, se excavan galerías para protegerse, el
chico tiene un teléfono móvil para avisar de dónde está para que lo saquen o
para despedirse de sus familiares. Las
chicas se dejan convencer por jóvenes que las animan a huir del pueblo y se
instalan en los sitios de oro y vuelven embarazadas, el padre las recibe
enfadado y son maltratadas en la familia o expulsadas de ella.
Yo soy de una
etnia que se llama peul y se dedica
a la ganadería. Los peul saben mucho sobre los animales domésticos y en
especial de las vacas. Viven en los pueblos,
pero no con la gente porque tienen problemas cuando sus animales se comen los
cultivos de los campesinos. En la época seca se desplazan a otros sitios con más
alimento para el ganado. Los hijos de los peul son ganaderos y las hijas venden
leche, los peul suelen casarse entre ellos, los matrimonios se pactan cuando
nacen los niños.
Yo nací en Bobo y fui a vivir a los 6 años a un pueblo de
la frontera con Ghana, cerca de Gaoua. Mi
padre me mandó a una escuela coránica, pero a mí no me gustaba y me iba con mis
amigos. Me buscaba la vida ayudando a los agricultores, cuidando el ganado o llevando
mercancías de un lado al otro de la frontera y, aunque no pude estudiar,
aprendí mucho sobre la vida del pueblo. Pasaba los días jugando al fútbol, bañándome
en el río, cazando pájaros y jugando con todo lo que encontraba.
Una o dos veces al año iba al pueblo de mi madre con los
peul y ahí aprendí mucho de sus costumbres y cómo tratar a los animales.
A los 16 años volví a Bobo a vivir con mi hermano mayor y
su familia y empecé a ir al colegio. También trabajaba en un taller de
soldadura y mecánica para aprender, sin cobrar. Y con estos trabajos iba
saliendo adelante hasta que tomé contacto con una Asociación burkinabé que construía
escuelas y colaboraba con una ONG española.
Mi experiencia
con la cooperación es positiva. Los
cooperantes con los que he trabajado se dedicaban a sensibilizar a las personas
para protegerse del paludismo, a evitar enfermedades sexuales y a que las
jóvenes no tuvieran hijos no deseados y a purificar el agua. Eran buenas personas
que aprendían a vivir con la gente del país.
Pero había otros cooperantes que no se mezclaban con los
burkinabé, iban de un lado a otro con sus buenos coches y vivían todo el tiempo
como occidentales, no sabían de cooperación y parecía que estaban de
vacaciones. A veces, cooperantes y
turistas abusaban de su poder económico para relacionarse sexualmente con
mujeres y hombres.
Lo que más me
gusta de mi país es la solidaridad
que hay entre la gente, la familia y los vecinos del barrio. Cuando necesitas
comer puedes ir a la casa de cualquier amigo, o intercambiar la comida o lo que
necesites. Nunca te sientes solo, siempre estás entre la gente. Los hijos
cuidan de los padres y los abuelos, les dan parte de su dinero, y las hijas
ayudan en la casa.
En los nacimientos y en las bodas acuden infinidad de
amigos y vecinos, todo el mundo se presenta allí aunque no conozca a los novios
o a la familia del bebé. Los padres del niño o los novios pagan la comida y la
bebida. El círculo más próximo aporta
ropa, jabón, dinero y otros regalos.
Unos personajes imprescindibles en las fiestas son los
griot, que son músicos y cantantes que contratan los novios para animar la
fiesta, en sus canciones hablan bien de los novios y de los invitados y de sus
familias para que les den dinero.
Lo que no me
gusta de mi país es la falta de futuro
de los jóvenes para formarse o encontrar un empleo y tener que trabajar en lo
que les salga, sin contrato y explotados por sus jefes.
Tampoco me gusta la corrupción de los funcionarios, ni la
falta de centros de salud, que además muchas personas no pueden pagar. La gente
acude a la medicina tradicional que da buenos resultados para tratar la malaria,
a mí me fue muy bien hace tres años cuando caí enfermo, y también para colocar
los huesos rotos.
Y hay un problema muy grave de deforestación, se cortan
árboles para tener leña para cocinar y hay cazadores que queman arbustos y
árboles para despejar el terreno y poder cazar mejor. Todo esto hace avanzar la
desertización y así el agua escasea cada vez más.
A pesar de todos los problemas, en mi país la gente es
alegre, recibe muy bien a los que vienen de fuera, los saludan aunque no los
conozcan, luchan por la vida, viven al día y saben ser felices con lo poco que
tienen y, a diferencia de otros países vecinos, conviven en paz todas la etnias
y todas las religiones.
Y estas son algunas de mis impresiones de una tierra que
amo por encima de todas las cosas.